« No me conformo con emociones ligeras». Marcel Ventura entrevista George Saunders [Magazine de La Vanguardia]

Font: La Vanguardia (Magazine) / Marcel Ventura

Deudedesembre17512 del edificio de Humanidades dela Universidad de Siracusa (Estados Unidos) está una de las cien personas más influyentes del mundo, según la revista ‘Time’. “Del mundo”, George Saunders, el aludido, hace énfasis con sorna antes de sentarse y confesar que apenas ha visitado una decena de países.

Hay al menos tres formas de explicar su influencia. Si se pregunta a cinco escritores estadounidenses quién es el mejor cuentista del país, es probable que al menos cuatro respondan “George Saunders”. Esa es una. Y otra: el pasado enero, ‘The New York Times’ aseguró que ‘Diez de diciembre’ [en català, Deu de desembre], su libro más reciente, sería el mejor título del 2013, y aunque hubo alboroto por la presunta exageración, este año, el escritor, nacido en Texas en 1958, ha sido finalista del prestigioso National Book Circle Award y ha ganado el premio PEN/Malamud, que reconoce la mejor colección de relatos de EE.UU. En los cuentos de ‘Diez de diciembre’ hay una luz difícil que se filtra por las grietas de historias parecidas a la muerte, y no hay lector que salga inmune de semejante tránsito por el miedo. Esa, quizás, es la forma más importante de mostrar su influencia.

George Saunders se quita el abrigo y deja al descubierto una camisa azul de cuadros que da un aire de leñador a su rostro barbado. Desde 1996 es profesor de Escritura Creativa enla Universidadde Siracusa, aunque ahora sólo va los miércoles para enseñar durante seis horas consecutivas. El resto de la semana vive con su esposa en una comunidad budista a dos horas de camino, donde medita y escribe, sin internet, sin gente: “No es que sea ermitaño, es que soy muy nervioso y no sé relacionarme”, dice antes de confesar que sabe poco o nada de literatura en castellano. “Llegué tarde a esto”, se justifica, como si escribir tuviera que ver con llegar primero.

Ha sido el suyo un camino raro. ¿Cuánto tiempo pasó en Sumatra?

Casi dos años.

Estaba en una empresa petrolera.

Una compañía de exploración petrolera, sí, que trabaja con el gobierno de Indonesia. Tenía 25 años, era la primera vez que salía de EE.UU. y entonces mi visión era que la gente que hacía cosas buenas merecía cosas buenas, estupideces así, ¿sabes? Estudié Ingeniería Geofísica porque se me daba bien, mis padres tenían dificultades económicas y me pareció una buena opción, pero fue ese periodo el que cambió mi modo de ver todo. Extrañaba EE.UU. y comencé a leer a Jack Kerouac, leí más a Ernest Hemingway, y me movieron de un modo tan profundo que quise intentar hacer lo que ellos. Esa es la única razón por la que soy escritor, porque unas novelas agitaron mi vida.

Y unos monos.

¡Qué terrible! Sí. Estaba nadando desnudo en un río y al cabo de un rato veo que hay unos monos defecando en el agua. Cogí una infección intestinal que me tuvo varios meses en cama, y justo antes de recibir un bono de 10.000 dólares por cumplir dos años en el campo, decidí que sólo en casa sabrían cuidarme. Fue una antesala a la vejez: no tenía energía, no tenía ganas de hacer nada, era tener 25 años y sentirse de 70… Putos monos, están resentidos porque no son humanos, creo.

Entonces, llega a mediados de los ochenta y decide estudiar Escritura Creativa. ¿Por qué Siracusa?

Bueno, aquí estaban Toby (Tobias Wolff) y Raymond Carver. Si en los ochenta eras un chico estadounidense con ganas de escribir, querías estar cerca de Carver. Creo que él y Toby sacaron a Estados Unidos de un letargo profundo en lo que a narrativa breve se refiere, nos habíamos convertido en un país muy aburrido hasta que llegaron ellos.

¿Y qué tal le fue con Carver?

Nunca me atreví a hablarle. Sé que es estúpido haberlo tenido cerca durante dos años y no atreverme, pero era muy inseguro, había leído mucho menos que mis compañeros y simplemente no tuve el valor. Fue muy difícil digerir su muerte.

La omnipresencia de Saunders en EE.UU. y Reino Unido contrasta con mercados marginales más allá de esos países. Su notabilísimo debut de 1996, ‘Guerracivilandia en ruinas’, fue publicado por Literatura Mondadori en el 2005 con más pena que gloria, lo mismo que ‘Pastoralia’, en el 2001. Diez de diciembre es el primer título traducido a 12 idiomas, incluidos el castellano (con Alfabia) y el catalán (con Edicions de 1984). Justo a tiempo, porque los diez cuentos del libro confirman que en George Saunders, en William Vollmann y en el difunto David Foster Wallace brota el relevo más portentoso a la generación de Philip Roth, Cormac McCarthy, Joyce Carol Oates, Don DeLillo o, puestos a invocar muertos, Raymond Carver.

En ‘Diez de diciembre’ el rastro carveriano se nota a mano alzada en ‘Palos’, sobre cierto patriarca que utiliza un poste para hacer su propia versión de las festividades del año y que finalmente busca inventar la memoria y el perdón. El resto del libro es la depuración de una voz a la que el adjetivo “original” no hace justicia. Un ejemplo: “Escapar de la cabeza de la araña”, la narración del laboratorio de una farmacéutica empeñada en dar con una droga para provocar el amor más profundo y luego inhibirlo sin dejar rastro, o al menos eso para comenzar. Al poco tiempo, los experimentos se complican, la serie de medicamentos patentados se amontonan y el protagonista asiste desconsolado a la automatización de todo, incluida la muerte. En “Vuelta de honor”, una quinceañera espléndida es secuestrada por un violador ante la mirada nerviosa de un vecinito debatiéndose sobre lo que debe o no hacer. “Diez de diciembre” –del que toma el título el libro– versa sobre un personaje que inventa artes marciales y un héroe suicida que quiere huir del cáncer. Y así sucesivamente…

Saunders ha escrito un libro desde las conciencias confundidas de personajes frágiles para explorar los límites de la bondad y lo ha hecho con una ambición lingüística tan grande que todo se escucha nuevo, vivo, irrepetible.

Dicen que usted es oscuro y satírico. ¿Es la oscuridad el mejor lugar para ejercer la sátira?

Mmm… Mañana por la tarde podría tener una respuesta, pero mientras tanto debo decir que nunca me he considerado un satírico. Con mi primer libro lo dijeron y me alegré, pero siempre he mirado mucho más a Raymond Carver y a Tobias Wolff. En algún punto me di cuenta de que para sentirme cómodo con mi literatura debía ser gracioso, fue mi gran descubrimiento, pero lo que siempre me ha importado es la emoción, nunca ser sólo locuaz o tener un buen trasfondo político. Creo que la sátira debe venir de una sensación de plenitud, y yo no tengo eso, no soy bueno con el realismo social ni describiendo cómo interactúa la gente. No me interesa, ¿sabe? Pero amo la cultura popular, amo tener tanto que usar al vivir en EE.UU. Al final tiene que ver con lo que dijo Faulkner: “El corazón humano en conflicto consigo mismo”. Suscribo eso, pero cuando voy a hacerlo tengo que usar este material extraño que abunda en EE.UU. y por eso parece que lo satirizo. Pero no, sólo siento que lo estoy usando, que es otro ingrediente más en la mezcla. Lo de la oscuridad sí me molesta más, porque no me veo como una persona oscura. Cada vez que alguien dice que soy oscuro me pongo a la defensiva. Una historia donde alguien se suicida es oscura en teoría, pero si escribo de forma “oscura” es porque es el único modo que tengo de conseguir calor en la escritura y, créame, he intentado otros modos. Podría teorizar sobre la oscuridad, pero la uso simplemente porque da buena temperatura a mi narrativa, esa es la respuesta. Recuerdo que una vez escribí un cuento precioso sobre una persona que estaba en la iglesia y empieza a tener emociones y sentir revelaciones, y era muy luminosa la historia, pero aburridísima y falsa. Mi modelo de justificación es que mis cuentos suelen ocurrir en el peor día posible de mis personajes, pero un cuento, como cualquier obra de arte, ocurre a través de dinámicas internas, así que esa superficie oscura puede guardar luminosidad y esperanza. Una película de dos cucarachas hablando encima de un pedazo de mierda puede ser preciosa, puede haber una cucaracha que diga: “Vámonos de la mierda, muchachos, es mala para nosotros”. La peculiaridad de la cultura estadounidense es que cuando una historia es percibida como oscura hay una tendencia a pensar que es también una posición ante la vida, que la vida es oscura. Para mí es todo lo contrario y así lo es desde La metamorfosis: es trágico ser un insecto espantoso, pero la historia es luminosa.

Tal vez el mejor ejemplo del libro es “Diez de diciembre”.

Así lo creo. No importa que traigamos a un salvador al mundo y lo matemos, al menos hay un salvador.

Siguiendo esta idea, ¿qué es un final feliz?

Cuando una historia patea culos. Ese es un final feliz. Cuando la historia alcanza todo su potencial honestamente y llegas a ese momento donde dices: “¡Sí!”. Los finales felices no tienen que ver con el efecto sobre la vida de los personajes sino con la capacidad del escritor para llevar todas las fuerzas de la historia a casa, al lugar que le corresponde a cada una.

¿No tiene momentos donde escribe algo espantoso y dice “qué fuerte, mejor lo borro”? No sé si le pasó en “Escapando de la cabeza de la araña”.

No, nada de eso, nunca me ha pasado.

Muy buen cuento, por cierto.

Sí que da miedo ese cuento, ¿verdad? Me dio mucho miedo escribirlo. Pero es como estar en el parque y ver que alguien te tira un frisbee: si crees que puedes atajarlo, lo vas a atajar. Bueno, así pasó con el final. Yo nunca tendré problemas con borrar algo poderoso y genuino, sino con hacer pasar algo normal por algo poderoso. No me preocupa cuanto de violento pueda ponerse todo, porque finalmente es un juego. Ningún ser humano real fue lastimado durante el desarrollo de la historia. Cuando en ajedrez matas a la reina, no te dices a ti mismo: “¡Oh!, pobre señora”. Tal vez ocurre algo similar con la historia y, si lo que te pide es oscuro, tienes que darle algo oscuro. Traicionar tu historia es lo peor que podrías hacer. Si te dice que mates a un personaje, tienes que hacerlo, no puedes acobardarte.

¿La buena literatura no consiste en decir: “Pobre señora” cuando la reina muere?

En parte…

No es una pregunta retórica.

Mi opinión muy personal es que sí, que la literatura trata de eso. Aún más, no sólo decir: “Pobre señora”, sino sentirlo, sentirlo muy profundo. Y no sólo sentir eso, también algo así como: “Bueno, era la reina, ¿por qué se fue al frente de batalla?”.

No me conformo con emociones ligeras, quiero que sientas que estamos leyendo el mismo texto hombro con hombro y que si yo me inclino, tú te inclinas, y que si la reina muere y digo que me da lástima, que te dé lástima a ti también. Finalmente, las relaciones entre el escritor y sus lectores son conmovedoras y profundas porque somos diferentes, pero no tanto, porque la frontera cae en si le hago algo a la reina que a ti te obligue a retorcerte. Es una intimidad cruzada entre seres, y creo que debe tener una representación neurológica: si doy un detalle físico, como “su ropa olía a grama recién cortada”, y tú tienes una sensación, supongo que lo mismo que se disparó en mi cerebro al pensarlo es lo mismo que se dispara en el tuyo al leerlo. Es sorprendente, especialmente cuando el autor lleva cien años muerto. Esa conexión íntima es la literatura.

En el budismo, el yo queda un poco anulado, y siendo usted budista, ¿existe literatura sin yo?

Creo que se trata precisamente de eso. Estudio budismo formalmente desde hace diez años, pero creo que empecé a hacerlo a mi modo desde mucho antes. Por un lado, al escribir te imaginas a alguien que no eres tú, y por otro lado, esa revisión consciente de tu propio trabajo es un desdoblamiento del yo porque es algo que una parte de ti produjo y otra parte de ti está viendo. Eso imita de algún modo lo que es la meditación. Hiciste esto perfecto ayer, pasa un día, avanzas un día en la visión de ti mismo y eres capaz de ver lo que la historia quiere decir: no lo que quieres que diga, no lo que esperas que diga sino lo que quiere decir. Eso, si no es espiritual, es muy similar.

Ingeniería metafísica.

Debe ser exactamente eso, sí.

A esta altura de la entrevista, George Saunders lleva quince minutos conduciendo por los suburbios de Siracusa con la sospecha de que todas las intersecciones llevan a una misma calle infinita. Quiere ejercer de guía local y dar al visitante una vuelta por casas de difuntos ilustres, pero estudia seriamente la posibilidad de que un cuento suyo se haya escapado de algún libro. “No podremos salir nunca de aquí”, se rasca la espesa barba con un gesto de preocupación, porque en este coche los dos ocupantes saben que si esta escena la escribió él y la realidad ha sido secuestrada, en cualquier momento ocurrirá algo fatal que cambiará ambas vidas para siempre.

A la cuarta vuelta en una rotonda frente a un parque lleno de arces anaranjados, dos ciervos aparecen sobre el césped. El periodista se teme lo peor. Si este es un cuento suyo, un cazador matará a la mamá de Bambi, o los animales comenzarán a comerse entre ellos, o el coche resbalará hasta golpearlos mientras un niño ve desde su habitación lo ocurrido y pregunta a su padre, con una enfermedad terminal, si la muerte es invencible.

Pero no. Los ciervos desaparecen en el retrovisor, la ficción queda temporalmente derrotada y Saunders encuentra la salida hacia su hogar en un cruce a la derecha. Su esposa lo espera para cenar.

Hace unos meses se difundió un ­discurso que dio usted en su universidad a los nuevos estudiantes. Hablaba usted acerca de la importancia de la bondad…

No sé bien qué es la bondad, sólo puedo reconocer algunas de sus características. Como escritor, bondad es prestar atención a tus personajes, más o menos como a tus amigos. Ya sabe, llega tu amigo y empieza a gritar de forma muy masculina cosas sobre el partido de anoche, y tú dices: “Sí, sí, fue un buen partido. Ahora dime, ¿por qué estamos aquí?”. Finalmente, se quitará la máscara y dirá que está ahí para hablar de su divorcio y no del partido. Tú fuiste bondadoso porque esperaste. La bondad es permanecer al lado de alguien, significa quedarse callado y escuchar.

¿Y hay bondad en su libro?

La bondad es importante en mi vida, no creo que en el libro. Es decir, claro que es bondadoso quedarse 12 años con unos personajes para terminar un cuento, como en “Los diarios de las chicas Semplica”, pero tengo claro que ser bondadoso no consiste en tener gente feliz en un cuento.

Y en la vida, ¿tiene que ver con la ­felicidad?

La bondad es confusión, es lidiar con las creencias viscerales de que somos el centro del universo y que al mismo tiempo el universo no nos afecta, que allá están los demás, y aquí, yo. Eso es lo que nos lleva a cometer faltas de bondad y de alguna manera está presente en relatos como “Vuelta de honor”. En “Diez de diciembre” y en “A casa” escribí sobre el amor y el matrimonio de forma muy breve. Casi me da vergüenza, pensé que nunca lo haría.

Hace una dedicatoria a su esposa en el libro, muy conmovedora.

Llevamos 25 años casados y cada día me pregunto cuánto tiempo más me ­soportará esa mujer. Fue escribiendo este libro como logré entender de qué va el matrimonio, ¿sabe? Conseguir esa persona que te ha visto en todos los climas y te ha aceptado de vuelta sin importar lo que hayas hecho.

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