«El escritor como espejo». Josep Maria Nadal Suau parla de FULLES D’HERBA de Walt Whitman a El Mundo

Font: El Mundo / Josep Maria Nadal Suau

Últimamente he asistido a dos presentaciones de libros, esa mínima y cívica forma de compromiso. ¿No tiene la lectura algo de compromiso? Sí, tanto como de refugio o de disciplina. La lectura es muchas cosas, y la escritura también. Y uno sabe que está ante un escritor (o un lector) de una pieza cuando puede dedicarle el famoso adagio: “el estilo es el hombre”.

1984PWhitmanPorque no es fácil aunar estilo y persona, forma y fondo, literatura y vida. En esas dos últimas presentaciones a las que he ido, me dio por pensar en ello: la primera corrió a cargo de Maria Muntaner y Pere Antoni Pons, en la librería Quart Creixent. Presentaron y entrevistaron al poeta Jaume Pons Alorda, estrenando la treintena con entusiasmo renovado, que ha traducido al catalán las Fulles d’herba (Edicions de 1984) de Walt Whitman. Pons Alorda está creciendo a cada paso, festivo e imperial, contagioso como un tornado: su traducción no es que sea espléndida, es que marca el ritmo de la vida y del mundo. Y lo más hermoso es que su relación con Whitman, ese gigante americano que restallaba la poesía sobre el lomo de la vida, es auténtica y genuina: Pons se mira en el espejo de ese busto barbudo, y se reconoce sexual, infinito, cósmico. Lleva toda su vida viviendo así, y por eso, porque se lo cree y lo vive, puede contarnos a Whitman, seducirnos con la cadencia de su discurso, y obligarnos a comprar el libro, y luego a leerlo, y luego a escribir aquí diciendo que es brutal. Brutal. Y es honesto y es verdad.

Y es que no todo el mundo debería poder colgarse de la solapa a cualquier autor. Hace unos días, participé de otra presentación en La Biblioteca de Babel: junto a Carme Riera y Francesc M. Rotger, presentamos el volumen Albert Camus y les Balears (Documenta Balear), un trabajo colectivo que trata de sopesar la doble vinculación de Camus con las islas: sus raíces menorquinas por un lado, y su viaje de juventud a Mallorca e Ibiza, sobre las que escribió, por el otro. Es un buen libro que cumple honestamente con su propuesta, y que era de justicia editar; toda mi admiración y agradecimiento a Rotger, que nació para celebrar al francoalgerino. Sin embargo, hay un artículo que no ha escrito nadie para este volumen y que resultaría desolador. Un artículo que responde a la siguiente pregunta: ¿qué pensaría Camus, aquí y ahora, si fuera uno de nosotros? Porque la lección camusiana consiste, entre otras cosas, en saber que a veces ser solidario pasa necesariamente por ser solitario. Por no tolerar que cualquier militancia pueda más que la justicia o la verdad. No, no somos camusianos. Desde luego, no lo son las iletradas autoridades (¡cómo iban a serlo!), ni siquiera las que se deslizaron entre el público esa noche; pero tampoco lo somos tantos ciudadanos, incluso bienintencionados. En una tierra en la que cualquier salvaje es jaleado si sirve para arremeter contra el otro, Camus tiene poco que decirnos. O lo tiene todo por decir.

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