«L’ariet i la fortalesa». Elena Hevia sobre «La mecànica de l’aigua» i Silvana Vogt. [El Periódico]

Font: Elena Hevia / El Periódico

FM151MecànicaAiguaEs muy probable que en todo relato se esconda una herida, un daño. No es un regla para todo el mundo, pero para la argentina Silvana Vogt fue así. Un directivo de un importante grupo editorial le espetó a su suegro, el editor Isidor Cònsul -que pedía tiempo ante el que quizá iba a ser su mayor reto profesional- que no le podían dar ese tiempo porque él mismo ya no lo tenía. Cònsul, es sabido, padecía ya el cáncer que acabaría con él. Para Vogt, debutante en la ficción, ese fue el detonante, el núcleo duro de la novela que acaba de publicar y que ahora se presenta en la Setmana del Llibre en Català. ‘La mecánica de l’aigua‘ (Edicions de 1984) está escrita en catalán porque fue vivida y sentida en esa lengua, la que más lee ahora esta librera de Sant Just Desvern, nacida en plena Pampa, que hace casi 15 años, en los días del corralito, decidió cambiar de país, con todas sus consecuencias, y venirse a Barcelona.

Recalca Vogt, que fue periodista radiofónica –algo que se aprecia en sus torrenciales y a la vez precisas explicaciones -, que su novela no es en absoluto una historia sobre la emigración y sí sobre la manera en que nos enfrentamos a lo ajeno, a la alteridad. “No es fácil adaptarte a una cultura, dominar sus claves, empezando por su sentido del humor”. El choque (que no el enfrentamiento) está en la base de una historia concebida dualmente. Por un lado, Vera, la protagonista decidida a moverse incansable, a golpear el agua hasta que se mueva, para salir adelante toda costa. Frente a ella, su maestro, Eliseu, el maduro editor enfrentado a su hundimiento personal y profesional porque las antiguas formas del oficio están cambiando. “Una amiga lectora me dijo que el personaje de Vera le parecía un ariete y el de Eliseu, una fortaleza”.

ALGUNAS CLAVES

La novela contiene también algunas figuras no excesivamente ocultas, como los escritores Rodrigo Fresán (Federico Esperanto), Jorge Carrión (Nil) y Roberto Bolaño (Benno), en un juego que tiene mucho que ver con los que hacía el escritor chileno. “Se podría leer como un retrato del mundo editorial, pero mientras lo escribía me di cuenta de que, en realidad, eso no era importante. Quería hablar de un paradigma de cambio y eso lo hubiera podido hacer en cualquier otro ámbito”.

Respecto a los resultados literarios -lo que realmente le interesa a la autora, más allá de la historia- resulta obvio hablar de mestizaje. De cómo las formas argentinas más libres, según Vogt, se han hibridado con las catalanas, obsesionadas por las estructuras. De ahí que no todo lo que ocurre en la novela quede explicado y que, por otra parte, la voz de Vogt no sea impostada, sino exactamente la suya: “Mi voz argentina absolutamente salvaje y metaliteraria”.

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